De la imperfección viene la risa.
Esa libélula que irrumpe en la impecable reunión de trabajo, el graznido que no
se parece al cosquilleo de hada hollywoodense. Giro y giro en la silla
ergonómica, me quito el zapato mientras nadie observa, mi lengua hurga mis
dientes cuando estoy aburrida. No he buscado en el diccionario cuando desconozco
una palabra. Tengo la mala costumbre de
observar las manos de la gente, de absorberlas, de dibujarlas en forma
imaginaria. Fotografiarme no es mi placer, no es cómo fotografiar gatos. No he
sembrado mis girasoles ni he reparado la fuga del agua. Conducir de noche, sin
luz, me permitió ver tu camino lleno de luciérnagas.
De la imperfección surge el
abrazo. Hay algo que nos falta; aprender una canción, prestarnos un libro, confesar que la ingenuidad acompaña la
caricia. Tengo la mala costumbre de creer en la colectividad, de hablar de
novelas de ciencia ficción y medidas de tornillos y láminas. Cada cierto tiempo
me tiño el cabello, depilo mis cejas, soy consciente que envejecer es necesario
y triste, así como lavar el retrete.
No dibujo bien, no canto bien.
Tengo la mala costumbre de caminar sola. Mis ideas se mueren. Detesto el
existencialismo, sólo a veces, como cuando escucho a Janis Joplin y miles de
mariposas negras han volado sobre el país y cierro los ojos y hay algo que
falta. Algo anda mal, ya sea la punta de mis cabellos o la forma en que se
desfiguran mis zapatos. Hay algo que no es como el afiche de la perfumería,
como la foto de la boca mariposa en la revista. Algo falta en mí, en vos, algo
como tu sonrisa imperfecta que se asoma cuando yo quiero. Algo más allá de la
belleza, de la imperfección que nos hace salir a la calle con la potencia de un
disparo, a transformar, elaborar, conducir, equivocarse, reír. De la
imperfección viene la risa.