martes, 28 de marzo de 2017

Crítica



La bailarina de ballet ha caminado a contra luz, sus pasos como cuentagotas casi no necesitan  del piso. La bailarina ha arqueado su mano, sin el más leve temblor ha simulado una rosa de hueso blanco y anatómica tristeza. La bailarina mantiene su mirada hacia sí misma, posee un bosque interno donde miles de hojas se sacuden con la vibración de su energía, en un oleaje cósmico el bosque interno tiembla con toda la emoción que su mirada vuelta hacia sí misma oculta. La bailarina a contra luz es sencillamente férrea y hermosa. 

Pero algo falla. La traición de un tobillo le hace balancearse en un inquietante espasmo. El bosque se ha quebrantado y ella vuelve la mirada hacia afuera, donde están todos, los que no entienden. Abren sus bocas y emiten sonidos, risas, quejas, comentarios explicativos del error fatal en su danza, graznidos enfermos, sarcasmos, intelectualismos, soluciones, alternativas obvias, lloriqueos, chillidos. Luego hay enemigos imaginarios, causas imaginarias, banderas que flotan en la incoherencia. Pero todos continúan sentados, porque no entienden. 

Y aunque es doloroso, la bailarina detenida flexiona su otro tobillo para volver a su hermosa simetría. El silencio ha vuelto. El bosque vibra. En la quietud de su cuerpo no habita ni una terminación nerviosa, mientras dentro de sí se alzan miles de mariposas efervescentes hacia el cielo.