lunes, 5 de febrero de 2018

Pájaros



Decido sentarme un rato pese a la urgencia de lo trascendente. El reloj desciende como una temperatura voraz que apuñala huesos, nos recuerda las orquídeas de la vida, del pasar silencioso que vamos inquietando, a veces con falso esfuerzo porque volvemos a casa exhautos y vacíos. Si tan sólo el libertador de los pájaros no les esperara con un fusil y una mira, yo podría creer nuevamente en la esperanza, pero no la encuentro en ese gran movimiento de olas, en esos vientos angustiantes que aquietaron al Kremlin antes del fuego, no la encuentro.

Entonces veo una estampa agrietándose en la pared de mi madre, un Cristo de la misericordia que se ha quedado sin ojos, ¿no es el mayor acto de fe prestarle a un dios los propios ojos? Comido de telarañas el Cristo ha solicitado también los pies de mi madre, qué divina burocracia.

Me quedo sentada atrapada en lo simple. Evitando a toda costa discursos, tratando de sembrar flores, tejiendo futuro en veinte manos, aniquilando el reloj de esperarte, servirte café, matar una cebolla, ver tus pestañas balancearse y dejarte soñar.

Nací tarde para mi tiempo. Los pájaros en bandada aletean buscando el verano. Yo contemplo.