La bailarina de ballet ha
caminado a contra luz, sus pasos como cuentagotas casi no necesitan del piso. La bailarina ha arqueado su mano,
sin el más leve temblor ha simulado una rosa de hueso blanco y anatómica tristeza.
La bailarina mantiene su mirada hacia sí misma, posee un bosque interno donde
miles de hojas se sacuden con la vibración de su energía, en un oleaje cósmico
el bosque interno tiembla con toda la emoción que su mirada vuelta hacia sí
misma oculta. La bailarina a contra luz es sencillamente férrea y hermosa.
Pero algo falla. La traición de
un tobillo le hace balancearse en un inquietante espasmo. El bosque se ha
quebrantado y ella vuelve la mirada hacia afuera, donde están todos, los que no
entienden. Abren sus bocas y emiten sonidos, risas, quejas, comentarios
explicativos del error fatal en su danza, graznidos enfermos, sarcasmos,
intelectualismos, soluciones, alternativas obvias, lloriqueos, chillidos. Luego
hay enemigos imaginarios, causas imaginarias, banderas que flotan en la
incoherencia. Pero todos continúan sentados, porque no entienden.
Y aunque es doloroso, la
bailarina detenida flexiona su otro tobillo para volver a su hermosa simetría.
El silencio ha vuelto. El bosque vibra. En la quietud de su cuerpo no habita ni
una terminación nerviosa, mientras dentro de sí se alzan miles de mariposas
efervescentes hacia el cielo.
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