Lentamente la canción se apaga,
una gota se desliza escurridiza desde tu frente; la melodía que respiras es un
manifiesto, una postulación, una certeza de historia. A veces algo tiembla
entre tus ojos, su brillo muta, su manera de absorber ideas y colisionar con la
realidad cruda posee la furia de un sueño, tiemblan.
Luego te distraes. Parece que las
llamas que enfurecen se aquietan. Habrá que acostumbrarse a los suspiros, a tu
forma de mirar sin mirar, a un mundo acuoso donde la neblina asfixia, ese
rincón egoísta que sólo puedo espiar desde fuera. Pero es la contemplación lo
que me sostiene en esta maravillosa distancia.
Arañando con ternura las
fronteras de estos depósitos de alma, mordiendo despacio mientras me
estremezco, aprisionando con suavidad tu laberinto de problemas intangibles, encendiendo
dulcemente con la luz de mis dedos tu lejanía. Me he logrado aquietar a tu lado
mientras la lluvia castiga las calles mudas, mis miedos e incertidumbres se
resquebrajan. No hay formas posibles que me traigan hasta aquí, no podría ser
de otra manera, este encuentro que se fusiona con la tranquilidad nocturna,
esta contemplación exquisita, sólo la suavidad de una risa, sólo la suavidad de
un susurro, sólo la suavidad de una mirada que se incrusta. Tus ojos se van
cerrando, llevándose el mundo de neblina que contemplo con asombro. La noche
inicia.
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