Frente a mi, The Singer, pintura inspirada en la famosa portada de The Clash para su disco London Calling que en 1979 sacudía las jóvenes mentes de unos cuantos yonkis. En mi vida imaginé que estaría parada frente a algo así. Esas piezas de tela, cartón y (?) cabello, están expuestas como grandes obras de arte, mientras que en su época fueron travesuras de algunos jóvenes bajo la influencia de sustancias psicoactivas, la fiebre del muro de Berlín y la expansión del punk como una corriente suburbana que cuestionaba la sociedad europea y su propia emocionabilidad ante los problemas del mundo. El panorama del origen de estas ideas dista mucho del ambiente en el que me encontré con ellas, un museo sobrio, donde sólo los susurros son permitidos.
Ahora sintonizo un canal nacional y veo un argentino hablando con pasión acerca de un grupo de jóvenes que aprenden arte circense en un programa que él está impulsando. No es una galería de arte, no es un recital del centro español, no es una antología de poemas que sólo los poetas leen; es un semáforo con unos bachilleres haciendo clown. Reflexiono y recuerdo London Calling, ¿de dónde proviene toda esa indignación social? ¿de dónde viene el hecho de hacer malabares en un monociclo?
¿Cuál es la utilidad del arte? Tal vez es algo que no pueda responderse en un sentido universal sino que responde a variantes históricas, sociales, culturales. Tal vez el arte en la Guerra Fría pretendía sacar del letargo a una Europa gris; tal vez el arte en El Salvador debería pretender retener a la juventud en la motivación de crear, cualquier cosa crear, antes que se los lleve la pandilla.
Parece que el artista en nuestro país lucha desesperadamente para diferenciarse de otros, mostrando muchas veces sus carencias afectivas, afirman contundentemente que están "adelantados a su época", aunque lo anterior no es un panorama general, es común encontrar este estereotipo, el genio autodenominado que reclama la posteridad histórica ¿Es válido buscar en al arte el reconocimiento y admiración? No responderé a esta pregunta, pero a nivel personal me intriga el academicismo, esa rigidez en las taxonomías artísticas que cierran la puerta en forma excluyente a diversas manifestaciones del arte. El elitismo es poco útil, incluso peligroso, ya que, en un país de veintiún mil kilómetros cuadrados donde el corazón y la motricidad artística principal se encuentra concentrada en la capital, dar un vistazo a las periferias nos deja huérfanos en materias artísticas, no porque no hayan iniciativas, sino porque la sociedad no les otorga la significación que merecen. En un contexto lleno de violencia la exclusión en el ámbito artístico sólo acentúa la brecha que favorece los problemas sociales.
El arte como producto refinado o mercantil puede ser el objetivo último dentro del sistema neoliberal en que nacimos, pero el arte como proceso es la acción liberadora del ser humano por sí mismo, venga de donde venga.
Presencio un concierto en un teatro comunitario al aire libre a unos treinta kilómetros de la capital, en Fundarte Cojutepeque. Un grupo de adolescentes interpretan con vientos boleros de los años treinta. Me alegro de poder tener aún capacidad de sentir nostalgia, me alegro de mi tendencia a soñar y mi capacidad de asombro. Un niño que interpreta Flores Negras debe ser capaz de transformar su mundo, ya que ha transformado el mío. Me doy cuenta que diseminados en la sociedad existen estos activistas del arte, estos espacios que generan transformaciones desde la comunidad, atomizan las ideas, descentralizan la creación. Despojar el arte de su manto sagrado no es una tarea fácil, la uniformidad ha sido el enemigo principal de la acción creativa a lo largo del tiempo. Si intentamos desintitucionalizar el arte, tendremos en relieve estas arterias de esfuerzos no sistematizados, a los que la sociedad presta poca atención, los cuales intentan revitalizar la colectividad y la creación comunitaria.
¿Cual es el fin último del arte? Si a nivel histórico ha sido capaz de satirizar, revolucionar, dinamizar sociedades. Es poco sensato en nuestro contexto intentar diferenciarnos. El arte en nuestro país nos puede salvar del miedo, nos puede salvar de la violencia. El arte como proceso popular puede sutilmente modificar el reclutamiento masivo de jóvenes por grupos delictivos, porque les da un motivo para desarrollar sus potencialidades, les brinda pasión y sentido ante una perspectiva laberíntica de la realidad. No se trata de redención, sino de praxis, quizá sean múltiples las variables que definen el verdadero fin del arte, pero ante el panorama actual, aquí y ahora, la historia nos exige dejar atrás el miedo, las poses, las carencias afectivas; precisa el accionar.
No existe el arte ingenuo, sólo existe el arte idiota, es el que está mudo y quieto en un impecable museo, entre los susurros de gente bien vestida y bien alimentada.
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